ANTIGONA VELEZ LIBRO COMPLETO PDF

Il link Pag. De Sphaera. Biblioteca Estense Universitaria. Avvertenza Tutti gli ebook Cataloghi Ed. PDF, 81p, 26mb,

Author:Akinogis Kigazahn
Country:United Arab Emirates
Language:English (Spanish)
Genre:Life
Published (Last):12 January 2015
Pages:487
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ISBN:122-9-38249-390-5
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Llego a las doce en punto. Me pagaban tres pesos por nota diaria y cuatro por un editorial cuando faltaba alguno de los editorialistas de planta, pero apenas me alcanzaban. Es decir: en toda mi vida. Durante las vacaciones de Navidad bordaba en bastidor con sus amigas, tocaba el. Nada como aquella mala noche para ponerla a prueba. Lo que tienen que hacer para vivir es peor que trabajar. A la fuerza, de acuerdo, pero la tuve.

Eso no. Era evidente que buscaba otra salida. Pero no se la di. Aquella noche, por fortuna, era un remanso. Era impresionante ver en las calles los muchos pescadores con el brazo mutilado por no lanzar a tiempo los tacos de dinamita.

Cuadrillas de cargadores con el fango a la rodilla nos recibieron en brazos y nos llevaron chapaleando hasta el embarcadero, por entre un revuelo de gallinazos que se disputaban las inmundicias del lodazal. Sobre todo si trabaja con el gobierno.

En todo caso, ninguna de mis. Era horrible. Eran los antiguos de segunda clase, pero sin asientos de mimbre ni cristales de subir y bajar en las ventanas, sino con bancas de madera curtidas por los fondillos lisos y calientes de los pobres. La segunda clase, con asientos de mimbre y marcos de bronce.

Nadie se salvaba de sus estragos. Las lavanderas en las play as de caliche miraban pasar el tren con la misma esperanza. Todos aquellos pueblos me parecieron siempre iguales. Yo los recordaba todos con la iglesia en la plaza y las casitas de cuentos de hadas pintadas de colores primarios. Recordaba sus lentos prados azules con pavorreales y codornices, las residencias de techos rojos y ventanas alambradas y mesitas redondas con sillas plegables para comer en las terrazas, entre palmeras y rosales polvorientos.

Un silencio material que hubiera podido identificar con los ojos vendados entre los otros silencios del mundo. Pero no nos dijimos nada. El interior de las casas quedaba flotando en un limbo de sopor. Fue el primer muerto que vi. De manera que seguimos por una calle. Fue mi fantasma personal. Si andaba solo daba un largo rodeo para no pasar por su casa. Al doctor le resplandecieron los ojos en el rostro. Es un regalo del cielo. Y se puso de pie: —Tenemos que irnos. En el fondo de la sala, un hombre.

El resto de la tarde, mientras llegaba el tren de regreso, la pasamos recogiendo nostalgias en la casa fantasmal. Una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas, a lo largo de un corredor con un pasamanos de begonias donde se sentaban las mujeres de la familia a bordar en bastidor y a conversar en la fresca de la tarde. El comedor era apenas un tramo ensanchado del corredor con la baranda. Frente a esos dos aposentos, en el mismo corredor, estaba la cocina grande, con anafes primitivos de piedras calcinadas, y el gran horno de obra de la abuela, panadera y repostera de oficio, cuy os animalitos de caramelo saturaban el amanecer con su aroma suculento.

La mudanza para Aracataca estaba prevista por los abuelos como un viaje al olvido. Ambos estaban armados. La verdad es que no hubo testigos. Por eso entre nativos no la llamamos Aracataca sino como debe ser: Cataca.

Para mi madre fue el reino de todos los terrores. Los ingenieros gringos navegaban en botes de caucho, por entre colchones ahogados y vacas muertas. Eramos los forasteros de siempre, los advenedizos.

Fue otro de los fantasmas de mi infancia. Uno de ellos. Sin contar los que nunca se supieron. La historia de esos amores contrariados fue otro de los asombros de mi juventud. Ella estaba cantando en el patio con sus amigas, de acuerdo con la costumbre popular de sortear con canciones de amor las nueve noches de los inocentes. Todas se volvieron a mirarlo y se quedaron perplejas ante su buena pinta. Y lo era. Fue la primera vez que mi madre lo vio. En las numerosas conversaciones que sostuve con ella y con mi padre, estuvieron de acuerdo en que el amor fulminante tuvo tres ocasiones decisivas.

La primera fue un Domingo de Ramos en la misa may or. Todo el mundo dio por hecho que era el final sin gloria de una tormenta de verano. Pero la verdad es que desde entonces se les vio juntos con menos reticencias. Fue una guerra encarnizada. Gabriel Eligio era un ejemplar distinguido de aquella estirpe descamisada. Ni Gabriel Eligio ni Luisa Santiaga se amilanaron con el rigor de la familia. Tengo algo importante que decirle a ella sola.

No estaba disponible pero le prometieron tomar en cuenta la solicitud. Chon, confidente de todos, no le dio tampoco ninguna pista. Era su colega de Fonseca. En Barrancas no encontraron el menor rastro de inquina contra la familia.

Ese fin de semana viajaron a Riohacha para alcanzar el domingo la goleta de Santa Marta. Pero no asistieron, sino que mandaron de madrina a Francisca Simodosea. El abuelo,. Tantas versiones encontradas han sido la causa de mis recuerdos falsos. Durante la adolescencia, interno en un colegio helado de los Andes, despertaba llorando en medio de la noche.

En Cataca eran amados y complacidos, pero sus vidas estaban sometidas a la servidumbre de la tierra en que nacieron. Se atrincheraron en sus gustos, sus creencias, sus prejuicios, y cerraron filas contra todo lo que fuera distinto. Los sitios restantes se ocupaban primero con los hombres y luego con las mujeres, pero siempre separados.

Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de la familia y a las muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia. Chon era de la servidumbre y de la calle. Caminaba muy despacio por la mitad de la calle, con una escolta de perros mansos y callados que avanzaban dando vueltas alrededor de ella. Una le enjugaba el sudor de la cara con una toalla mojada, otras le sujetaban a la fuerza los brazos y las piernas y le daban masajes en el vientre para apresurar el parto.

El calor era insoportable en el cuarto lleno de humo por las ollas de agua hirviendo que llevaban de la cocina. Se llamaba Trinidad, era hija de alguien que trabajaba en la casa, y empezaba apenas a florecer en una primavera mortal.

Pero debo confesar. Sara Emilia y J. Su especialidad fueron siempre los problemas imposibles. No la disimulaba ante nadie ni en circunstancia alguna, y a cada quien le cantaba las verdades en su cara.

Pero Nana no se repuso de sus males. Era de hablar pausado, comprensivo y conciliador en tiempos de paz, pero sus amigos conservadores lo recordaban como un enemigo temible en las contrariedades de la guerra. El mundo del abuelo era otro bien distinto.

Estas ocasiones escasas le valieron sin duda su fama de botarate y petulante. Rechazaba la comida sin dramatismo y a veces la tiraba en los rincones. Pero esa. Las cuentas no dan. Al principio dibujaba en las paredes, hasta que las mujeres de la casa pusieron el grito en el cielo: la pared y la muralla son el papel de la canalla. Mi primer paso en la vida real fue el descubrimiento del futbol en medio de la calle o en algunas huertas vecinas. En sus buenos momentos era divertido.

El abuelo la contestaba por otros cinco centavos en el tren de regreso. Hasta el sol de hoy. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez. La verdad es que y o no necesitaba entonces de la palabra escrita, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba.

Sin embargo mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel, que contagiaron a medio mundo. Fue una visita de bellas esperanzas durante dos horas.

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