EL POZO JUAN CARLOS ONETTI DESCARGAR PDF

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Author:Kakazahn Shakanris
Country:Dominican Republic
Language:English (Spanish)
Genre:Politics
Published (Last):24 December 2015
Pages:484
PDF File Size:12.51 Mb
ePub File Size:4.97 Mb
ISBN:302-6-85763-627-8
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Cuando la visitamos en julio del 65, en pleno invierno, agobiaban la humedad y el calor. Las calles estaban oscuras. Un viento triste desparramaba la basura arrojada en los umbrales. Es alto, enjuto, con mechones blancos en el pelo gris, ojos desvelados, labios torcidos en una mueca dolorosa, alta frente profesoral, las huellas de la renuncia y del desgano en su andar de oficinista envejecido.

Vive incomunicado, en soledad y desamparo. Lleva su cruz inclinando los hombros, como si purgara una culpa innominada e imperdonable. En Europa la guerra. Figuras aisladas al principio, como Roberto Arlt, empezaron a descubrir abismos insospechados en la vida cotidiana. La novela tuvo que renovarse para no desaparecer. El gesto era parte de una pauta social que se reflejaba en las realidades de la vida diaria. Un nuevo tipo de ser humano, una criatura crepuscular, rencorosa, desubicada, frustrada, poblaba nuestras grandes ciudades.

No era tanto el humillado marxista como el paria espiritual, el desterrado moral. El tono, como en casi todo Onetti, es confidencial. Es lo que da validez a sus experiencias. Juntos estamos tratando de reconstruirla en un cuartucho de hotel en el andrajoso centro de Montevideo. Onetti ve negras las cosas. Onetti es un hombre de pocas palabras, hosco de mirada, parco de gestos. Fuma un cigarrillo tras otro, con desconsuelo.

Ahora ha entrado con pasos trabajosos, como agotado. Onetti ha salido sin prevenirla. Pronto llega ella, hecha un torbellino. Pero con ella cerca, lo sentimos menos tenso. Ella lo alienta, lo acomoda, lo incita. Lo obsesiona la idea de que sus palabras se malinterpreten, que sus chistes, a veces pesados, caigan mal.

Nunca relee sus libros. Cuando escribe se abandona. Tan inmerso que le inspira terror. Como su admirado Faulkner —con quien se identifica en muchas cosas, entre ellas la legendaria timidez faulkneriana—, habita un mundo propio, alejado de las corrientes literarias. Casi abandona con Los adioses Y era hora.

Aunque de calidad desigual, su obra ha dado a nuestra literatura de posguerra algunos de sus mejores momentos. Nuestra historia comienza en Montevideo, en Actitud esta que define tanto al hombre como al escritor.

Y lo cree de veras. Las variantes son inagotables. No sacamos nunca cuentas claras con Onetti. Entonces me puse a averiguar. Fue el momento del triunfo electoral de Luis Batlle Berres en el Uruguay. Amigos pertenecientes al partido del gobierno le ofrecieron un puesto. Nos habla de su primer intento, Tiempo de abrazar. En Onetti un solo momento de mala fe —o de mala suerte— descarrila una vida para siempre. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud.

Aunque no lo sea. Onetti define a sus personajes por las ilusiones que van perdiendo. Es por eso. Incorporarse a su narrador es un recurso favorito de Onetti. Y lo poco que le ha sucedido es mucho menos real o interesante que lo que ha imaginado. Las ficciones de Onetti crean al autor que los habita, le devuelven su imagen.

Es una novela, tiene personajes, ocurren cosas, pero lo que experimentamos es una serie de imaginaciones sin verdadero argumento, aunque hay ramales que llevan a posibles desenlaces.

En los diversos locales de la historia, los personajes se corresponden o se inventan entre ellos. Otro —y a la vez el mismo— es una ciudad en un cuadro.

Las historias salen unas de otras. La vida breve es la de los personajes y la del tiempo de la escritura, una pesadilla en la que el autor encuentra sus momentos de felicidad.

Las diversas personalidades o proyecciones de Brausen se desplazan entre ellas, tratando de imponerse. El autor-protagonista encuentra la felicidad en sus vidas vicarias.

Escapa de una vida a la otra, improvisando a medida que avanza. Lo que evoca Brausen es ese momento de verdad y belleza inmaculada, que con la infancia se fue para siempre. Lo busca en todas partes, en particular en una vieja y borrosa imagen de su mujer Gertrudis, con la que ha roto.

Ocurren en una especie de eterno presente que es el tiempo de la mente que los contempla. Brausen es un caso ya sin remedio. Fuera de esto, nada Se ha resignado a su existencia moribunda. En lugar de anularse en ella, Brausen se reproduce. La experiencia del desdoblamiento es el asunto de la novela. Prolongarla y nutrirla requiere un enorme esfuerzo imaginativo.

Como Dios que se mira en sus criaturas, la realidad de Onetti, la conciencia que tiene de que existe, depende de que lo confirmen sus creaciones. Caras y gestos, personas, se deslizan por la pantalla, sombras que un bostezo desvanece. El pasado, en Onetti, es un falso recuerdo, idealizado, y con variaciones que lo desestabilizan tanto como el presente.

Onetti no quiere cristalizar su mundo; quiere que se mantenga fluido. Los hechos narrados en un libro a veces contradicen los de otro, o aun otros hechos dentro del mismo libro. Las inconsecuencias no importan. Cada gesto, cada impulso, es otro retorcimiento. Los rasgos distribuidos entre los espectros humanos que animan el medio pertenecen menos a personas individuales que al conjunto, al repertorio del libro como totalidad.

El alienado de su sociedad. Muchas veces, descendientes de inmigrantes, vagamente desarraigados. La influencia es consciente y deliberada, y Onetti ni la niega ni se disculpa por ella. No intenta justificar claroscuros verbales. Los de Onetti, en cambio, al vivir en tan estrecho abrazo con su creador, se han desmaterializado. Son esencias flotantes, a ratos puras palabras. Pero el fantasma de Faulkner lo sigue habitando. El narrador, aunque no se elimina, queda relegado a un segundo plano.

Dice que ya quisiera que sus tramas fueran tan buenas como las de Raymond Chandler. Por supuesto —como nos enteramos por medio de las refracciones y distorsiones que van secretando la historia— llega a descubrir su error. Sencillamente lo desenmascara.

El veredicto del autor —o del narrador— es desapasionado. La derrota de Jorge es la derrota de todos. Hay hilos, indirectas que se desbaratan para recomponerse siempre en forma distinta.

A veces no hay ninguno. Algunos pasajes son lineales. Otros hay que captarlos potenciados una, dos o tres veces, tras diversos cristales. El autor se convierte en el actor. En La cara de la desgracia Onetti retoma sus temas. Hay demasiados puntos ciegos.

Ha comenzado a elaborar una estrategia de contraataque. De todos modos, Larsen entra pisando fuerte. Le hace la corte a la mujer encinta de uno de los empleados y, al mismo tiempo, enciende una llamita en la hija idiota de Petrus, con la que espera, o aparenta esperar, casarse para heredar el inexistente negocio. Todos los planes se derrumban. Mejor haber jugado y perdido que no haber jugado. Pero hay un nuevo elemento —el que apenas se sugiere en La cara de la desgracia — que lo distingue de sus predecesores.

EMRE MADRAN PDF

Juan Carlos Onetti

Cuando la visitamos en julio del 65, en pleno invierno, agobiaban la humedad y el calor. Las calles estaban oscuras. Un viento triste desparramaba la basura arrojada en los umbrales. Es alto, enjuto, con mechones blancos en el pelo gris, ojos desvelados, labios torcidos en una mueca dolorosa, alta frente profesoral, las huellas de la renuncia y del desgano en su andar de oficinista envejecido. Vive incomunicado, en soledad y desamparo. Lleva su cruz inclinando los hombros, como si purgara una culpa innominada e imperdonable. En Europa la guerra.

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Onetti was born in Montevideo , Uruguay. He was the son of Carlos Onetti, a customs official of Irish descent, and Honoria Borges, a Brazilian who belonged to a Brazilian aristocratic family from the state of Rio Grande do Sul. He remembered his childhood as a happy time, describing his parents as a very close and loving couple with their children. The original surname of his family was O'Nety of Irish or Scottish origin. The writer himself commented: "the first to come here, my great-great-grandfather, was English , born in Gibraltar. My grandfather was the one who italianized the name".

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