CARTA A UN ZAPATERO ARREOLA PDF

It's always good news when a new publication is born. That's where the idea came from. Why not write a magazine to know first-hand what people really do? All we have to do is take a look at the shop assistants in a shopping centre, the mechanic taking as long as he can to finish off that cigarette, the teacher counting the days to go on holidays counting his days of holidays, any executive stretching out to infinite that business meal, the chemist with an unfriendly face, the musician whining because there is no audience, the rude barman whom you almost have to thank for having served you, late and with no care, the espresso you asked for. There is no trade. But that does not mean that this is the only reality —thank goodness—; there are people who, lucky or not to have a job they love, do their work, for the relief of Arreola's character, with affection.

Author:Sabar Akirg
Country:Yemen
Language:English (Spanish)
Genre:Photos
Published (Last):25 February 2014
Pages:280
PDF File Size:9.82 Mb
ePub File Size:13.86 Mb
ISBN:366-1-53211-353-4
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Price:Free* [*Free Regsitration Required]
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Home current Explore. Words: 35, Pages: Preview Full text. Su primer libro. Confabularlo le da sitio aparte en nuestras letras. Avenida Insurgentes Sur Col. Desde muyo hasta diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas. Apagado, el hielo en el invierno lo decora.

Pero hay nobleza en mi palabra. Palabra de honor. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela del gobierno, me puso sencillamente a trabajar. Soy autodidacto, es cierto. He sido vendedor ambulante y periodista; mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran. No he tenido tiempo de ejercer la literatura.

Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. La feria es un caso aparte. Suma y resta entre recuerdos y olvidos, multiplicados por cada uno. Ayer fui asaltado en plena calle por un grupo de resentidos.

Durante varios segundos prosigo el discurso a base de pura pantomima, como un director frente a la orquesta enmudecida. El fracaso es tan real y evidente, que algunas personas se conmueven. Instintivamente me llevo las manos a la cabeza y la aprieto con todas mis fuerzas, queriendo apresurar el fin del relato. Yo conozco las reglas del juego, y en el fondo no me gusta defraudar a nadie con una salida de prestidigitador.

Bruscamente me olvido de todo. Por primera vez se produce un silencio respetuoso. Me quito el sombrero y lo arrojo inmediatamente, desechando la idea de sacar un conejo. A punto de caer desmayado, me salva el rostro de una mujer que de pronto se enciende con esperanzado rubor. La sirena de la ambulancia preludia en el horizonte una amenaza definitiva. Suavemente, dejo caer el brazo a lo largo del cuerpo, con la mano encogida como una cuchara.

Y el milagro se produce. Levanto el brazo y extiendo la palma triunfal. Suspiro, y la multitud suspira conmigo. Apenas se alejan unos pasos y ya comienzan las objeciones. Dudan, se alzan de hombros y menean la cabeza. Extenuado por el esfuerzo y a punto de quedarme solo, estoy dispuesto a ceder la criatura al primero que me la pida.

Las mujeres temen casi siempre a esta clase de roedores. Al despedirse y darme las gracias, explica como puede su actitud, para que no haya malas interpretaciones.

Tiene un gato, me dice, y vive con su marido en un departamento de lujo. Por lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la considera piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera, sino un maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. Pero su valor es infinito. Esta sustancia misteriosa ha dado mucho que pensar a los hombres de ciencia.

Estos individuos, que no titubean al llamarse hombres de ciencia, son simples estafadores a caza de esperanzados incautos. Hablar de generosidad en un caso semejante resulta del todo innecesario. Buscando otra Elinor, fue a dar con la horma de su zapato.

Joshua McBride ataca de frente, pero no puede volverse con rapidez. Cuando alguien se coloca de pronto a su espalda, tiene que girar en redondo para volver a atacar. Pamela lo ha cogido de la cola, y no lo suelta, y lo zarandea. De tanto girar en redondo, el juez comienza a dar muestras de fatiga, cede y se ablanda. Con Joshua, yo naufragaba en el mar; Pamela flota como un barquito de papel en una palangana.

Hace poco vi a Joshua en la iglesia, oyendo devotamente los oficios dominicales. Su palidez de vegetariano le da un suave aspecto de enfermo.

Las personas que visitan a los McBride me cuentan cosas sorprendentes. Hablan de unas comidas incomprensibles, de almuerzos y cenas sin rosbif; me describen a Joshua devorando enormes fuentes de ensalada. Pamela, siempre amable y sonriente, apaga el habano de Joshua a la mitad, raciona el tabaco de su pipa y restringe su whisky. Esto es lo que me cuentan.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Sin embargo, siempre amanece. Pero no hago nada para comprobarlo.

Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Debo hallarme en T. Yo debo llegar a T. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados.

Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea. Hace circular trenes por lugares intransitables.

En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera —es otra de las previsiones de la empresa— se colocan del lado en que hay riel. El tren fue a dar en un terreno impracticable.

Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F.

No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones.

Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T.

No trate a ninguno de los pasajeros. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar.

Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor. Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento. Luego, queriendo celebrar el estreno, nos puso de modelo el uno al otro. El rostro entero carece de contorno. Pero sigo creyendo en la belleza. Trastornado, salgo del taller y vago al azar por las calles. La veo en los ojos oscuros de Gioia, y en el porte arrogante de Salaino, tocado con su gorra de abalorios.

Una campana deja caer el comienzo de la noche.

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Arreola Juan Jose - Confabulario

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